Todo tiene un sentido

23 Abr, 2020

En cada situación, y en cada aspecto de la vida, es difícil muchas veces visualizar el mensaje que aquello trae, porque no siempre tenemos el nivel de consciencia necesario en ese exacto momento para entender (por qué), comprender (para qué) y aceptar (aprendizaje), la vivencia de ese momento.

Siempre hay algo simbólico que conlleva cada situación, nuestro inconsciente lo lee mucho mejor que nuestro consciente, porque bajo el principio de que “todo está conectado”, y que nada es al azar, se puede leer en la metáfora -que explica al símbolo- la verdadera respuesta, y que a veces aparece después de muchas malas decisiones.

Esta epidemia, claro que sí, tiene algo extraordinariamente simbólico, desde un punto de vista espiritual y trascendente.

Desde el aspecto social, esta epidemia coloca a nuestras ciudades al límite, y desde el aspecto ético, nos exige definirse con claridad, generalmente en nuestra cultura predomina el aspecto individualista, donde el legítimo otro pierde sentido; donde ser un oportunista se valora como una capacidad digna de aplaudir. ¿Cuántas veces ponemos a nuestros hijos en más de una fila del supermercado para “ganar tiempo”?, ¿o con astucia comemos más de un trozo de queso en degustación? ¿o nos estacionamos en lugares prohibidos porque solo “vamos y volvemos? ¿o no damos el asiento a los mayores en el transporte colectivo, excusados en un falso ensimismamiento con el celular?

En este esquema extremo, aparece lo mejor o lo peor de nosotros, nos hemos encerrado en un espacio que despierta nuestros instintos más primitivos de supervivencia, porque está grabado en nuestro más profundo inconsciente el miedo a morir, poniendo a prueba nuestra naturaleza humana. Lo que está sucediendo nos puede llevar a una determinada criba moral, a una transformación espiritual, pero también puede que nos conduzca a una tendenciera insensibilización.

La falta de responsabilidad individual puede llevar a la muerte de los demás, hacer consciente a una sociedad que no logra hacer carne esto, cuesta mucho. Pero he aquí la gran tarea, la sociedad cambia si nosotros hacemos nuestro trabajo interno, nosotros creamos la consciencia colectiva. De lo contrario, lo grotesco puede superar al sacrificio, como cuando algunas personas se fueron a la costa, abandonando un foco de máximo de contagio como lo vimos en la prensa.

Ahora hablamos con total normalidad de alerta, emergencia, cordón sanitario, cuarentena, confinamiento, o bloqueo; más horrible aún: “10 mil bolsas mortuorias compradas por Minsal”. Este vocabulario ya estaba presente en el mundo. Mientras nos llegaba el coronavirus, sabíamos que sucedían muchas cosas terribles de las cuales no nos hicimos cargo, no teníamos oídos. Hoy eso cambiará, pero no para todos de igual forma, siempre hay amnesia en almas que no miran hacia sí mismos.

Esto es un viaje iniciático, nos servirá para dar un salto hacia adelante en nuestra condición humana, en nuestro sentido de la libertad individual y colectiva, o, todo lo contrario, pero eso dependerá de cada uno de nosotros. Es importante, además, que en estas situaciones confiemos en algo olvidado; la compasión. El verdadero muro de contención no es la organización política ni económica, sino el poder compasivo de la población, donde los profesionales de la salud ocupan un papel fundamental en esa encarnación de la compasión.

Después de la peste negra en Europa, se produjo el momento más creativo de la historia. Esto es una lección para todos y también una oportunidad. No somos capaces de ver todo en un mismo momento, pero todo se conecta. Vemos en nuestras calles abandonadas un puma que vuelve a su territorio instintivo, como en otras partes del mundo se aclaran aguas que antes no dejaban ver los peces, o cisnes que retoman su territorio natural. La tierra nunca ha dejado de latir, es nuestra costra egocéntrica que no permite la expansión de ese palpitar.

El cómo nos relacionamos de hoy hacia adelante, tal y como la conocíamos, cambiará por completo, espero que esto nos ayude a expresar nuestros afectos con más profundidad y con más autenticidad. Quizás en este periodo volveremos a nosotros inevitablemente, y como consecuencia, a valorar lo que dejamos de ver como un regalo, quizá ahora un abrazo no tenga precio.